Atrás, ha quedado la inauguración del Año Litúrgico con la piadosa tradición del Tiempo de Adviento cargado de simbolismo catequético con la Encarnación del Hijo de Dios, hasta descubrir a ese Niño de Dios hecho hombre que nació de la Virgen María, primicia de los gentiles.

Inmediatamente, irrumpió la Celebración de la Epifanía en torno a la universalidad del designio salvífico, adorando sin complejos al ‘Rey de Reyes’ y ‘Señor de los Señores’ cristalizado con el Bautismo del Señor.

Con orden y sin pausa, en los prolegómenos de la Historia de la Salvación, las culturas y pueblos defendieron la noción cíclica vinculada al florecimiento periódico de sus sociedades.

Poco a poco, aparecería con majestuosidad el Tiempo de Cuaresma, o lo que es igual, la etapa de conversión que la Iglesia Católica prepara para desembocar en el ‘Misterio de Pascua’ culminado con la noche de todas las noches: la Vigilia Pascual, que solemnemente rememora la ‘Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo’.

Momentos e instantes propicios desde la gratuidad del Espíritu Santo, que, desde la libertad de los hijos de Dios, se encapricha en recuperar un estilo de vida enteramente consagrado a la espiritualidad con el ‘Triduo Pascual’. Una gracia divina que pone en marcha la cuenta atrás para el inicio de la ‘Semana Santa’ o ‘Conmemoración de la Pasión de Cristo’, con síntesis penitencial a la que le antecede el rito de la ‘Imposición de la Ceniza’.

Hoy, estas cenizas, forman parte de aquello que se disipa como reseña de una vida terrenal, determinada por la ineludible caducidad del hálito humano e irremisiblemente subyugado por la muerte.

Un memorándum que, a viva voz, nos transmite la liturgia actualizada y vivificada para obtener una conciencia cada vez más diáfana, en el hecho que estamos de paso en este difícil recorrido, a fin, que el Reino de Dios se asiente en el corazón del hombre y venza la justicia.

En otras palabras: la vida actual en la que nos encontramos, es circunstancial; mientras, que el proyecto que Dios ha trazado, se fragua en el cielo: Hombres y mujeres abrumados por el pecado se revisten de luz.

Cada año la Cuaresma abre de par en par las puertas de la Iglesia Universal y con ella, resuena un toque de trompeta sublime: el llamamiento de la Comunidad Cristiana para emprender un camino digno, respetuoso y sensato de conversión y renovación, al objeto de celebrar dignamente la ‘Pascua Anual’.

Por lo tanto, brota esa viva voz que clama sin corta pisas: ¡Adelante, comienza con ilusión el itinerario de estos cuarenta días! que, iluminados con el ayuno, la oración y la limosna, pero, sobre todo, con la absolución reconstituyente, nos concede el paso del hombre viejo al hombre nuevo.

Con estos mimbres, la celebración del ‘Miércoles de Ceniza’, una costumbre de gran arraigo en el orbe católico, es un signo que denota la extinción de la vida, el rastro identificativo de un órgano viviente que da por concluida su misión.

Trasladado a la fe, reproduce al hombre sin Dios que no dispone de esa fuente vivificante; porque, está falto del amor por el pecado que habita dentro de él. Y, como la ceniza, simbólicamente ha de consumirse en el fuego, para seguidamente ser purificado de sus muchas inmundicias.

La ‘ceniza’ del latín “cinis”, es producto de la ignición de algo por la acción infalible de la combustión y el ‘Miércoles de Ceniza’, del latín “diez cineris” es el primer día de Cuaresma, el preludio de los cuarenta días de ayuno antes de la Pascua.

Por antonomasia, en esta jornada se describe la conciencia de la nada, de la muerte o la conclusión del ser humano y en sentido trasladado, hace referencia a la humildad y penitencia.

De hecho, la simbología de las cenizas se evidencia en el primer Libro Sagrado de la Torá o Pentateuco y, por tanto, también es el primer Libro del Tanaj judío y del Antiguo Testamento, o séase, el Libro del Génesis que en su capítulo 2 versículo 7, dice literalmente: “Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo…”.

Igualmente, las Sagradas Escrituras aglutinan numerosas narraciones de personas que visiblemente emplean el polvo y la ceniza como comparaciones místicas de arrepentimiento, dolor y duelo; tómense como ejemplos el 2º Libro de Samuel 13,19; o Ester 4,1; Job 2,8; Daniel 9,3; o el Libro del Apocalipsis 7,3; 9,4; 14,1 y 22,4 respectivamente; o el Evangelio de San Mateo 11,21.  

En adelante y por largo tiempo, las cenizas se guardarían en los monasterios para extender a los moribundos en el suelo y con las mismas, recubrirlos. Con lo cual, la expresión alegórica de la imposición de la ceniza en la frente, se realiza como manifestación de la Palabra de Dios que apremia a la conversión; además, es el arranque y acogida del ayuno cuaresmal y el recorrido emprendido para la preparación de la Pascua.

Por lo tanto, el Tiempo de Cuaresma da su irradiación con la ceniza y, conjuntamente, irrumpe con los automatismos propios del fuego, el agua y la luz presentes en la ‘Vigilia Pascual’. Porque, en el fondo, es preciso que algo sea quemado y fundido al crisol de ese hombre viejo antes referido, para dar lugar a la luminosidad de una vida enteramente incorporada en Cristo Jesús.

Cuando nos aproximamos a recibir las cenizas que se dibuja en forma de Cruz sobre la cabeza cabizbaja, signo de humildad, reconocemos los pecados e infinitas limitaciones que nos embargan, meditando profundamente las palabras de dos posibles invitaciones que pronuncia el celebrante: “Conviértete y cree en el Evangelio” o “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”.

La imposición de la ceniza no es algo meramente exterior, ha de ser el testimonio del corazón arrepentido que cada bautizado está convocado a aceptar en la travesía cuaresmal hacia la Cruz, pasando por acrisolar sus glorias mundanas y obtener la gloria celestial.

Ciñéndome sucintamente en la ceniza, las fuentes historiográficas o materia prima de la Historia, no establecen una fecha exacta en su función, hasta que gradualmente comienza a formar parte de la penitencia pública de los pecadores y erigirse en usanza aplicable a todos los fieles.

Los antecedentes justificables lo hacen recular al año 1001, cuando por entonces, el Papa Urbano II (1042-1099) aconsejó su uso para los cristianos, sacerdotes y obispos. Más tarde, en 1901, el Sínodo de Benevento prescribió las cenizas para la Iglesia Universal.

Ya, en la antigüedad, los judíos, egipcios y árabes se familiarizaron a la hora de cubrirse la cabeza con algún sacrificio o duelo; o los ninivitas, un pueblo perverso, idólatra y despiadado que, paulatinamente, se inclinó por la utilización de la ceniza como indicio a la conversión.

En la cultura bíblica el origen de la ceniza está coligado al judaísmo, donde era dispuesta para significar la compunción. La actitud de envolverse con ceniza representaba admitir la debilidad y mortalidad del hombre, que precisaba ser redimido por la misericordia de Dios, tal como lo revela el Directorio sobre ‘La piedad popular y la liturgia’ de S.S. el Papa Juan Pablo II (1920-2005).

Remotamente, al ser una declaración de intenciones, la ceniza, en el año 384 a. C., adoptó para los cristianos un sentido penitencial.

Evidentemente, en los primeros siglos de la Iglesia en Roma, prevalecía la práctica que los ‘penitentes’ o ‘grupo de pecadores’ dispuestos a acoger el perdón con el ‘Sacramento de la Reconciliación’ del Jueves Santo, establecieran su expiación el primer día de la Cuaresma. En esta tesitura, éstos, eran rociados con cenizas, ataviados en sayal y obligados a mantenerse distantes, hasta que, por fin, se reconciliaran con la Iglesia.

Pero, la raíz de la ceniza que hoy conmemoramos, hay que sondearla en los preámbulos de la Cuaresma, que, como Tiempo Litúrgico en la Iglesia, brotó como una orientación para el Bautismo de los Adultos: los catecúmenos, que todos los años se identificaban con la Pascua.

Análogamente a la ceniza, en los años primitivos de la Iglesia, la duración de la Cuaresma iba sucediéndose en su variación. Finalmente, en torno al siglo IV, se afianzó en 40 años. Es decir, se iniciaba con seis semanas precedentes al ‘Domingo de Pascua’ o ‘Domingo de Cuadragésima’.

A partir de aquí, el ‘catecumenado’ se alargó tres años, completándose con unas semanas más intensas de meditación. Dando lugar a dos paralelismos absolutos: el primero, los cuarenta años que el Pueblo de Israel anduvo errante por el desierto y, el segundo, los cuarenta años de Jesús en este mismo entorno, antes de dar por iniciado públicamente su ministerio mesiánico.

Del mismo modo, la Cuaresma surgió como una oportunidad de depuración espiritual para aquellos que habían incurrido en alguna falta. Comenzaba a ser incontrastable la praxis de la ceniza, que se destinaba a la preparación de las Promesas Bautismales y su posterior purificación.

Entre los ceremoniales materializados por los penitentes el primer ‘Domingo de Cuaresma’, sin duda, se hallaba el de depositar la ceniza sobre las cabezas y arroparse con ásperos ropajes. Posteriormente, en el siglo VI, el estreno cuaresmal se adelantó al ‘Miércoles de Ceniza’.

Entre los siglos VI y VII, adquiere gran repercusión el ayuno como hábito pío, pero, a su vez, se presenta un inconveniente añadido, porque, como es sabido, en ‘Domingo’ o ‘Día del Señor’, por ser una jornada íntegramente consagrada al Señor, no estaba permitido ayunar.

Luego, ¿qué fórmula se interpretó como la más adecuada para respetar el ‘Domingo’ y contar con cuarenta días reales para ayunar en el Tiempo de Cuaresma? Para dar una solución, se sumaron cuatro días al primer ‘Domingo de Cuaresma’, instituyéndose los cuarenta días de abstenerse total o parcialmente de comer o beber, reproduciéndose vivamente la privación de Cristo en el desierto: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Entrados en el siglo XI, la Iglesia de Roma tomó la inercia de asignar las cenizas al comenzar este momento, como indicativo del porte que cada bautizado estaba llamado a contraer en la Cuaresma, cuando entre los siglos VIII y X, este método se había precipitado en la nulidad y el olvido.

Desvanecidos los exponentes de los penitentes como grupo generador y advirtiéndose que la máxima de la ceniza era positiva, por doquier, esta ceremonia se extendió al cristianismo.

Con este talante, la comunidad creyente se reconoce pecadora y se insta a ponerse en movimiento apuntando a la conversión cuaresmal. Prosperando en un itinerario del que se sabe, el hombre está impedido y tentado por el maligno, que clama el auxilio benefactor y consolador de Dios.

Hasta lo expuesto, con la Liturgia que es actualización y vivencia mediante los sacramentos que nos injertan en Cristo, se restaura la ‘Imposición de la Ceniza’, al objeto de cimentarse en un paradigma más pedagógico y explícito, configurado con las lecturas bíblicas y la homilía.

De ello se desprende, una mayor comprensión en su trascendencia, hasta tal punto, que se desenmascara el deseo y la disposición de conversión, ansiosos y anhelantes por abrazar las primicias de la ‘Vida Eterna’, que se nos anuncia en un ‘Kairós’ de presencia renovada con la energía pascual de Cristo.

Estas cenizas, valga la redundancia, no son cenizas cualesquiera, pertenecen a los ramos y las palmas que se bendijeron el ‘Domingo de Ramos’ y que, por tanto, según nuestro proceder, han abanderado durante todo un año el morir de Jesús. Un gesto realmente significativo, porque arden los mismos ramos y palmas con los que aclamamos al ‘Hijo de David’, al ‘Bendito que viene en nombre del Señor’ y al ‘Rey de Israel’.

Queda claro, que se esparcen sobre nuestra cabeza las cenizas de la gloria.

Porque, la victoria de Jesús no residió en entrar triunfante y encumbrado en Jerusalén por la muchedumbre, sino, en llevar a término su ‘Misterio Pascual’, que era para lo que ciertamente había comparecido en la Tierra.

Es así, como podemos incorporarnos en este trayecto de mansedumbre con el que hemos de inmolar las propias glorias; no desaprovechándolas, sino, todo lo contrario, ofreciéndoselas a Dios, nuestro Padre en el cielo. Llegados a este renglón del pasaje, la ‘Imposición de la Ceniza’ con el introito del Tiempo de Cuaresma, no acaba aquí, ahora más que nunca, llega el intervalo oportuno para intensificar la lectura y reflexionar la Palabra de Dios, complementada con el trípode precioso y agradable a los ojos de la Iglesia como el ayuno, la oración y la limosna.

La seña atribuida a las cenizas que sustituye al ‘Acto Penitencial’ del principio de la Santa Misa, es una confesión pública de nuestra fluctuación en el combate de la fe y la condición innata de pecadores que acarreamos; pero, que portentosamente se redimensiona con la Pascua, en ese hombre nuevo resucitado.

En consecuencia, comienzan a entronizarse las primeras muestras de este ‘Miércoles de Ceniza’, con la aparición del color morado; o la reducción en la proporción de las flores; o del Aleluya, reservado para la Vigilia Pascual; o el repertorio de los cantos, direccionados a la conversión del hombre de hoy.

Detalles que podrían parecer intrascendentes, son todavía más cruciales, cuando se estrena un relato de vida dispuesto a proclamar ardiente y esmeradamente las lecturas del día, entonando el salmo responsorial, al menos su antífona entre algunas de las estrofas y abrir los oídos al vivificante sermón, que nos anima a introducirnos de lleno en la atemperación de la Cuaresma.

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Quien mejor nos puede transmitir el germen y la sabia de este Tiempo robustecido con la celebración del ‘Miércoles de Ceniza’, es Su Santidad el Santo Padre Francisco, en un fragmento extraído del año 2015 que al pie de la letra dice literalmente: “Cuando el Pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida eterna, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra.

Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad. Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él.

Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida. El Pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser diferente y para no cerrarse en sí mismo”.

Por consiguiente, esta es la somera mirada retrospectiva que retrata al ‘Miércoles de Ceniza’, un culto arraigado en el Pueblo Cristiano y la antesala de lo que ha de venir en lo recóndito de la Pascua.

Las cenizas, que desde tiempos impertérritos vislumbraron un sendero de renovación cristiana, hoy, si cabe, tienen más protagonismo en este desierto singular que hemos levantado en lo arcano de la conciencia.

Una peregrinación en clave pascual que, como explosión de luz fulgurante y transformadora, se empeña en purificarnos al hilo de materializar un proceso de conversión y saneamiento espiritual, encabezados con la impronta de la ceniza.

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