26 de septiembre de 2021

“Cuba, el encaje de dos realidades paralelas: la revolucionaria y opositora” (I)

Cuba, oficialmente República de Cuba, continúa padeciendo una de las situaciones más críticas de su Historia en más de seis décadas. Hace unos días miles de ciudadanos se echaron a las calles con movilizaciones pacíficas y prodemocráticas, al objeto de reivindicar la nefasta gestión de la pandemia y condenar al Gobierno de Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez (1960-61 años), de sus artimañas en la crisis epidemiológica subiendo la cuantía de los productos más necesitados.

Ni que decir tiene, que el escenario continúa siendo convulso, frenético y agitado, al igual que Organismos Internacionales que velan por los derechos humanos y la libertad de prensa y expresión, observan con desasosiego los episodios de represión y violencia atribuidos a las autoridades contra los críticos a la Administración.

Hoy, no son pocos los que se interpelan que más tendría que desencadenarse para que se produzca un cambio de paradigma, en un país dirigido por el Partido Comunista, como demandan los cubanos dentro y fuera de la Isla, que al unísono adulan “¡Libertad!”, “¡Abajo la dictadura!”. Y, “¡Patria y vida!”. 

O lo que es lo mismo, un giro al lema revolucionario: “¡Patria o muerte!”.

Actualmente, siguen encarcelados cuantos osaron dar voz a su forma de entender y pronunciarse a la luz de la transparencia y no de la opacidad, para ser detenidos en plena culminación de los reproches antigubernamentales y de los disturbios sucedidos en distintos puntos neurálgicos de la geografía cubana. La inmensa mayoría, imputados de supuesto ‘desorden público’.

Con estas premisas iniciales, Cuba, naufraga en la ciénaga de la libertad, con una parada irrevocable en la estación del desconcierto, antes de persistir hacia un destino que le proyecta a un laberinto enraizado. 

Lo acontecido insólitamente el pasado 11 de julio, evidencia a grandes rasgos que este capítulo de rebeldía acarrea detonantes implacables, que no han de descifrarse al margen de las desigualdades sociales, con la rúbrica racista de una nación centralizada que maniobra con sus constantes vitales y diversas maneras de hervor político. Llámense, el adoctrinamiento, o el control, carestía, persecuciones imprevisibles, advertencias incisivas o encubiertas, capitalización del terror, interrogatorios, cautiverio, así como la quiebra caprichosa entre la vida nacional y el patrimonio cultural de su diáspora.

La tesis que las muestras de manifestarse operen de punta de lanza para que Estados Unidos irrumpa en Cuba, no se refuerza, o al menos, parece postergarse; pero, tampoco, es una quimera imposible de materializar. Por fortuna, parece que eso no va a ocurrir, aunque sea la predisposición grandilocuente de los fidelistas, los que sustentan la hegemonía en la Isla y están preparados para una creíble intervención militar.

Lo que sí ha quedado en el imaginario colectivo, son los arrestos, registros de domicilios, fallecimientos, maltrechos, reclutamientos forzados y palizas a civiles desguarnecidos por militares solapados de civiles, dando la sensación de perderse el miedo y con ello, ganar fuerza el trazado apresurado de una comunidad política renovada, pródigamente popular y legítima en su hechura y aspiraciones.

Ha sido algo así, como un brinco en la semblanza de Cuba, al atomizarse el consenso restrictivo y despiadado en torno a unos hechos constatados por la recuperación del orden seccionado en la complicidad; descubriéndose la dimensión de la quema metafísica, al atajarse numerosas almas habituadas al sometimiento y al silencio más sepulcral de la infamia.

Curiosamente, los medios de prensa oficiales exhiben calcos de serenidad y sosiego que imperan en La Habana: un paréntesis bucólico, como si se hubiera regresado a la normalidad, cuando es una anomalía a la que retornar. Esta mudez es violencia pura y dura, y ese engañoso apaciguamiento vocifera; también, ese vacío presuntuoso rechina de dolor y hartazgo.

Ciertamente y, tal vez, sin saberlo, en pleno siglo XXI, la estampa de Cuba denuncia el socavón insonorizado del espanto y la consternación, probando la magnitud de los atropellos puestos en práctica. 

A la sazón, a los que denominan eventos de consagración revolucionaria sobre la nación, la institución totalitaria ilustra su autorretrato cuando cita a sus incondicionales y empujados, so pena de castigos administrativos, aparte de las devastaciones que el coronavirus pueda ocasionar. 

Lo que concebimos por ojos, pómulos o la nariz de un Pueblo, hoy, es el lastre de la sinrazón, la mancha que, tras mezclar varias tonalidades, consigue una gama única e imposible de eliminar con detergente, que no es aceite, sino la repelente bruma del castrismo.

Detrás de cada una de las desaprobaciones se despliega toda la maquinaria de un lenguaje de lemas. Cuba, carga con el agravio de subsistir apresada en el espejismo de otros. Si por entonces, valga la redundancia, asimiló la destreza de la protesta, ahora se instruye en el ejercicio de la interpretación de la protesta. 

Con lo cual, desde hace años el país insular asentado en las Antillas del Mar Caribe, franquea un trance político, económico y social, empeorado por una cadena de sucesos enfilados al infortunio. A la tenacidad del embargo económico que subyace, se añaden elementos como el impacto de la inestabilidad del SARS-CoV-2, que recrudece la necesidad de las importaciones y que ha llevado a desplomar el turismo como su principal fuente de ingresos.

A ello hay que incorporar, las decisiones puntuales que en su día materializó el expresidente estadounidense Donald John Trump (1946-75 años), petrificando el cerco con sanciones a los envíos de remesas; o la determinación del Gobierno de prescindir el sistema de moneda dual, con el peso cubano y el peso convertible en circulación, avivando la hiperinflación y una subida de los precios.

Obviamente, todo ello ha sido el caldo de cultivo para propagar y tomar cuerpo el descontento de una urbe apesadumbrada por la pobreza, hasta culminar en las movilizaciones inicialmente descritas por detractores y defensores de la ‘Revolución Cubana’ (26-VII-1953/1-I-1959).

A pesar de la persistencia del embargo o ‘suspensión o interdicción judicial del ius disponendi’ que se mantiene intacto, hace que Cuba posea dificultades en el desabastecimiento de alimentos y de los servicios esenciales como la electricidad o el material sanitario derivado de la pandemia, donde conserva una cota de progreso por encima de otras naciones de su entorno, sosteniendo los vínculos comerciales y de cooperación con otros actores de América Latina, el Caribe y África.

Si bien, los guarismos epidemiales son alarmantes, Cuba, parece haber sorteado las dos primeras olas con números relativamente por debajo a la de otros países. Y es que, aun hallándose en condiciones económicas desfavorables, ha confeccionado dos candidatos vacunales con datos de efectividad al de ‘Pfizer’ y ‘Moderna’: primero, ‘Abdala’, tras la aplicación de tres dosis alcanza una eficacia del 92,8%, y segundo, ‘Soberana 02’, con dos inoculaciones logra el 62%.

Por lo tanto, el escenario en Cuba es verdaderamente complicado y su escapatoria pasa por legalizar el derecho a la protesta pacífica y encarar las peticiones de la ciudadanía, legítimamente congregada en masas por el resentimiento de extraer mayores libertades y una praxis democrática sustentada en un procedimiento desprovisto de toda capacidad para tantear expectativas de apertura.

Toda vez, que ya se habían impulsado algunas modificaciones en ese rumbo. 

Con las condenas y recriminaciones multitudinarias, el Gobierno ha informado que se autoriza a los viajeros que entren en la Isla, la importación libre de aranceles de alimentos y medicinas. 

Es sabido, que Estados Unidos y Cuba, prolongan una ardua y espinosa relación desde que adquirió su independencia de España hace más de ciento veinte años. A lo largo y ancho de estos trechos, la primera potencia mundial desbarata sistemáticamente cualquier iniciativa de flexibilización en el marco de su política interna hacia Cuba.

Quizás, su punto más álgido residió en la ‘Guerra Fría’ (1957-1991), cuando a cambio de la contribución y amparo soviético, La Habana se brindó a Moscú como cabeza de playa, desde la que misiles nucleares coaccionaban objetivos esencialísimos del Sur de EEUU, englobando la desembocadura del río Misisipi, las principales infraestructuras petroleras, así como puertos significativos.

En contraste, Cuba, es uno de los estados de América Latina que más instiga en el relato político de los Estados Unidos. El desvanecimiento de la Unión Soviética (8/XII/1991) no trajo como muchos aguardaban, el desliz del comunismo en Cuba y su regreso al espacio de influencia norteamericano. 

Del mismo modo, no se ha emanado una normalización en las diplomacias, equivalente a la que sí resultó en su día entre los EEUU y Vietnam, que no es exclusivamente una nación comunista con un método de partido único como Cuba, sino que, asimismo, libró una batalla cruenta contra los americanos. Pese a que la proximidad territorial les asigna cuantiosos desafíos compartidos, no ha de obviarse, el deshielo de las relaciones de los Gobiernos de Barack Obama (1961-60 años) y Raúl Modesto Castro Ruz (1931-90 años), en los que Washington y La Habana no han superado tras períodos de indisposición. Entretanto, en nuestros días, convergen cuatro ingredientes que han problematizado este reencuentro.

Primero, hay que referirse al engranaje nacionalista. Aunque EEUU se involucró tardíamente en la ‘Guerra de Independencia de Cuba’ (24-II-1895/10-XII-1898), dispuso la ocupación militar de la Isla con el descalabro de España en la ‘Guerra Hispano-Estadounidense’ (21-IV-1898/10-XII-1898). 

La cuna de la República de Cuba no se daba hasta 1902, con la acogida de una Constitución que, entre otras materias, otorgaba a los estadounidenses el derecho de interponerse en la Isla y el arrendamiento del enclave que ocupa la Base Naval de la Bahía de Guantánamo, en la que Cuba reclama ser el Estado soberano.

Subsiguientemente, hubo algunos cambios legislativos, así como otras mediaciones militares, pero, indeterminadamente, Washington defendió un elevado nivel de injerencia que marcó un antes y un después de la Revolución Cubana. Teniendo en cuenta, que antes de 1959, la influencia política y económica americana era de agresión para el nacionalismo cubano. 

Segundo, la aceptación de un mecanismo comunista de partido único y la alineación de La Habana con Moscú en la ‘Guerra Fría’, dañaron y entorpecieron ampliamente la moderación de los contactos con Washington.

Estados Unidos contempló como una conspiración que Cuba se alineara con la Unión Soviética; además, de convertirse en una amenaza a su Seguridad Nacional. Algo que un año más tarde saltó a la vista con la ‘Crisis de los misiles de Cuba’ (16-X-1962/28-X-1962), cuando las ‘Fuerzas Soviéticas’ pretendieron desplegar en la Isla armas de destrucción masiva que apuntaban a Estados Unidos. 

El acontecimiento es analizado como el intervalo en el que el planeta estuvo más cerca de una guerra nuclear, desencadenando una crisis sin precedentes que se zanjó con negociaciones directas entre Washington y Moscú, y en la que Estados Unidos renunció a emprender o apoyar cualquier tentativa de conquistar la Isla.

Mismamente, Cuba albergó el Centro Radioelectrónico de Lourdes, ubicado en las afueras de La Habana y reconocido como la mayor instalación de espionaje de la Unión Soviética fuera de sus fronteras, albergando a 1.500 técnicos y militares soviéticos y con sofisticadas antenas y equipos de escucha para interceptar las comunicaciones entre 1964 y 2002, respectivamente. 

Tercero, partiendo de las décadas de ruptura entre Washington y La Habana sin remediarse, los años inaugurales de su llegada al poder, la Revolución Cubana acentuó las propiedades de las empresas americanas en Cuba. Así, las primeras expropiaciones se realizaron en 1959, con una reforma; ya, en los meses sucesivos, se verían perjudicados los bienes de innumerables sociedades, como la Compañía Cubana de Teléfonos, posesión de la estadounidense ITT.  

En aquel momento, Washington, desaprobó inútilmente discrepando que centenares de millones de dólares pertenecientes a empresas estadounidenses, eran incautadas de manera improcedente. 

Pero, las circunstancias marcharían para peor: el 29/VI/1960 se desmanteló la refinería de la ‘Petrolera Texaco’ en Santiago de Cuba, con el guion de negarse a procesar el petróleo proveniente de la Unión Soviética. Dicha compañía exigía que la Administración cubana no proporcionaba las divisas para sufragar por importaciones de crudo. Amén, que el resto de las refinerías presentes correrían el mismo derrotero.

Posteriormente, el Departamento de Justicia de EEUU, recogió las solicitudes de los afectados y entidades, perjudicados por las expropiaciones y estatizaciones, opuesta esta última a la privatización y consumadas desde 1959. No ha de soslayarse de este contexto, que la ‘Ley Helms-Burton’ de 1996, determinaba como menester para iniciar el levantamiento del embargo económico contra Cuba, que el Gobierno de la Isla tomase cartas en los pasos requeridos, reponiendo los bienes sustraídos o abonando las indemnizaciones pertinentes.

En la otra cara de la moneda, los representantes cubanos tildaron que el embargo, al que llamaban ‘bloqueo’, totalizó en los últimos sesenta años unos US$144.413,7 millones, exponiendo que la cordura en las relaciones no sería viable, siempre y cuando las sanciones se descartasen. Sin inmiscuir, que las discrepancias habidas en las cuestiones económicas son trabas que pueden vencerse, en tanto, se resuelva rehabilitar los nexos en común.

Y cuarto, la emigración en dirección al Sur de Florida, se ha erigido en una trama de política interna en Estados Unidos. 

En atención a los diagnósticos y apreciaciones del ‘Centro de Investigaciones Pew’, para 2017, se constatan unos 2,3 millones de individuos de nacionalidad cubana, que los encasilla en la tercera comunidad hispana, únicamente rebasada por puertorriqueños y mexicanos.

El denominado “lobby cubano”, satisfecho por un extenso y heterogéneo grupo de figuras u organismos no gubernamentales, o grupos anticastristas, que rotula a las numerosas camarillas de exiliados cubanos en Estados Unidos y sus sucesores, que históricamente han contribuido en la política, es distinguido como el motor de arranque detrás de la plasmación de ‘Radio y TV Martí’, así como de la ‘Ley de Libertad y Solidaridad democrática de Cuba’, también conocida como ‘Helms-Burton’, aprobada en 1996 por Bill Clinton (1946-74 años), con la aspiración de amilanar la inversión extranjera y difundir el aislamiento cubano, endureciendo los medios para el levantamiento del embargo y dando a entender que se debe contar con el consentimiento del Congreso americano. 

Paralelamente, esta prescripción codificó las regulaciones del bloqueo económico estadounidense, ensanchó su radio extraterritorial e introdujo la coyuntura de impedir el acceso a los dirigentes de las firmas internacionales que hubiesen invertido en propiedades confiscadas. 

En otras palabras: transcurridos veintes años de ser impulsada por Trump y golpear los canales de inversión extranjera, esta medida tuvo inquieta a casi medio centenar de multinacionales, muchas de ellas, de procedencia española por su actividad en Cuba.

Hasta el lapso de 1980, los expatriados cubanos se contemplaban fundamentalmente como exiliados que soñaban con regresar a la Isla; eso sí, en el instante que declinase el Gobierno de Castro. 

Pero, al ser conscientes que eso no llegaría, inmediatamente se agruparon para terciar en la política estadounidense, hasta ocupar un protagonismo explícito mirando a Cuba, principalmente, porque eran y son un obstáculo de electores representativos, aglutinados geográficamente en Florida y con una balanza indiscutible en las Elecciones Presidenciales a la Casa Blanca.

Incuestionablemente, la aportación votante les ha otorgado desenvolverse con proyección en la configuración de las políticas de Cuba. No obstante, no se han enderezado a buen puerto los pros y los contras, pese a que desde hace años los ciudadanos no cubanos-estadounidenses apoyan esa idea.

El inconveniente político radica en que una parte considerable de estadounidenses aboga por el entendimiento con Cuba, aun no siendo un tema crucial que les mueva a componérselas para resolver su voto. A diferencia de los cubanos-estadounidenses, que, para ellos, sí lo es. 

De esta manera, el ‘lobby cubano’ es valorado como uno de los impedimentos preferentes para la normalización definitiva de las relaciones entre ambos. 

De hecho, a día de hoy, sobre la mesa perduran lógicas en los que tanto Cuba como Estados Unidos esconden sus propios intereses y están condenados a entenderse: me refiero, a la inmigración, o la lucha del narcotráfico y la protección al medio ambiente, a los que se darían mejor respuesta con otro talante bilateral.

En consecuencia, a Cuba le queda un camino difuso en términos de reconocimiento y garantía real de derechos, para los colectivos más discriminados y vulnerables, hasta desembocar en la mecha atronadora de unas protestas recientes en las que subyacen décadas de desagravios y fiascos. 

La alternativa más factible es una salida política, que imperiosamente discurra por subsanar las quiebras democráticas y entablar cuanto antes, un diálogo que allane y adecue la democratización del país mediante una solución serena y reflexionada del conflicto. 

Sobraría mencionar en esta exposición que prosigue en otra disertación, la repulsa contundente ante cualquier signo de represión violenta de convocatorias pacíficas, en las que destaquen la ecuanimidad y la rendición de cuentas de las víctimas y heridos, así como la inminente puesta en libertad de los apresados injustamente y todavía entre rejas.

Publicado en el Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta y el Faro de Melilla el día 11/VIII/2021. 

Las fotografías han sido extraídas de National Geographic de fecha 9/VIII/2021.

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