26 de septiembre de 2021

El mundo mira con temor el nuevo panorama que se cierne en Oriente Medio” (III)

Paulatinamente, los talibanes comienzan a exteriorizar su verdadero talante, a pesar de las tentativas por mostrarse como moderadores y generosos en sus primeras jornadas al frente de un país totalmente desbaratado, del que han denominado ‘Emirato Islámico de Afganistán’. De momento, continúa sin conocerse cómo será el Gobierno ‘inclusivo’ y la ‘amnistía general’ augurada.

Sin embargo, el escenario imperante que subyace nos remite a rastreos sumarios de corresponsales, aniquilaciones de minorías étnicas y contención de manifestaciones de reprobación. La inquietud e incertidumbre se imponen en las principales arterias de las urbes, tras las protestas desafiantes en favor de la enseña republicana en el ‘Día de la Independencia Afgana’. 

Conjuntamente, los integristas no tienen escrúpulos a la hora de enarbolar su rutilante botín de armamento norteamericano. Y es que, es una exclamación a voces que empantanan sin reparos, imposibilitando a los afganos el acceso al aeropuerto que pretenden evadirse en las evacuaciones habilitadas con las embajadas.

Si bien, con el transcurso de las horas, se acrecienta la consternación y el miedo ante el retorno de una praxis rigorista que han experimentado de primerísima mano en sus carnes teñidas de fobia. Amén, que no es el único desasosiego que acontece: al desmoronamiento político se le une el económico. La interrupción de la ayuda extranjera podría sacudir de manera irrevocable al Estado afgano y acentuar la dependencia de los talibanes en una economía transgresora.

Con estos indicios precedentes que acompañan a los dos textos que le anteceden, hoy por hoy, ponerse en el lugar del otro es el símbolo de la humanidad que nos engarza. O salvar de la quema los cimientos de la universalidad de los Derechos Humanos, en adelante, DH.

Con lo cual, las noticias sombrías que nos llegan y, a su vez, el trance inminente de desdicha para la vida de las mujeres y niñas con la toma del poder de los talibanes y el anuncio de un Emirato sustentado por la Ley Islámica, es un suceso constatado presto a desencadenar los peores pronósticos.

Luego, cabría preguntarse conjugado a una reflexión profunda y enfocada a la dignidad de las personas: ¿Podríamos ponernos en la piel de esas mujeres y niñas afganas, considerando cómo se rehacen desde la resignación y la identidad de una anhelada autoconstrucción individual? 

Al recordar la historia más reciente de Afganistán, observamos con estupor que, entre 1996 y 2001, con la anterior administración talibán, ellas no podían salir de casa, ni andar por las calles solas, ni estudiar, ni trabajar, ni tomar parte en las decisiones de su comunidad política. Como tampoco, resultaba un ensueño presentarse en una consulta médica y exponerle al médico varón sus cuestiones de salud.

Actualmente, las mujeres y niñas se las distingue en el entorno público y privado, incluso menos, que, si fuesen menores de edad, vertiéndose sobre ellas el imperativo y la exigencia de comportarse como adultas. Porque, desde que nacen, han de asimilar el indicativo más insignificante que ofende, denigra o molesta al hombre: estar al corriente de los límites que infringen la regla no escrita, inalterable, ancestral y sagrada, no ya sólo en sus quehaceres diarios, sino en sus sentimientos e intenciones.

Ni que decir tiene, que no entro a juzgar el ejercicio del Gobierno afgano bajo la tutela americana, ya que sus competencias se fusionan a este infortunio y que, de modo desigual, han catapultado cada uno de los derechos de las mujeres y niñas.

Mismamente, aun sufriendo acoso, amenaza y segregaciones, las mujeres han colaborado más vivamente en la vertebración política, económica y social del Estado, disponiendo de cuatro Ministras, una Gobernadora Provincial y una Vicegobernadora en Asuntos Sociales.

Otro dato que desenmascara esta cruda realidad: en 2019, más de mil mujeres valoraban sus propios negocios. Y aun entreviéndose las dificultades de género enquistadas, la figura de la mujer afgana ha logrado alcanzar metas como ser política, empresaria, periodista, profesora, ingeniera, médica, jueza, abogada, agente de policía, activista de DH, deportista, etc.

Obviamente, todo esto se eclipsará, si miramos para otro lado. 

Pero, por encima de todo, las mujeres y niñas son las más señaladas del régimen talibán. Lógicamente, es prácticamente imposible incluir en estas líneas, punto por punto, la humillación, el ultraje y la sucesión de atropellos enrevesados a los que día a día los integristas las someten.

Queda claro, que las secuelas infaustas de la ‘Guerra Civil’ se dejan sentir intensamente en los corazones de quiénes sobreviven a un modus operandi enclaustrado en la infamia. En otras palabras: mientras los hombres luchan en las contiendas de la muerte, las mujeres libran las acometidas por la supervivencia. 

A lo largo y ancho de interminables disputas, destrucción indefinida y desplazamientos impuestos, las mujeres han combatido por salvaguardar y conservar su don más preciado: la familia. Y éstas, ante la descalificación física y el fallecimiento o la pérdida del que era el sustento, se han visto forzadas a contraer mayores compromisos, en tanto cuidaban a las personas a su cargo. No obstante, dicho marco indeterminado se ha convulsionado conforme la guerra ha arrasado y castigado el desarrollo socioeconómico de las regiones, incluso en las zonas más distantes de las ofensivas de primera línea.

Sabedor que la mujer en raras coyunturas ha participado prestamente en las hostilidades, sí que ha sido objetivo preferente de ellos. Inherente con la amargura y las carencias soportadas producto de los embates, por antonomasia, la mujer es el centro de un sinfín de explotaciones contra los DH a merced de las nutridas facciones del entramado afgano. 

El bombardeo indiscriminado de sectores residenciales y el empleo integral de minas terrestres, se ha llevado por delante a centenares por miles de mujeres, hombres y niños. Sin inmiscuir de esta lacra, las arbitrariedades específicas en razón de su sexo, como matrimonios convenidos, prostitución y agresiones sexuales. 

Tradicionalmente, el relato cotidiano de la mujer afgana está inspeccionado constantemente por los varones del clan: los elementos del honor y la deshonra que alimentan los criterios y costumbres culturales, hacen hincapié en la probidad y decencia femenina. 

En las dos últimas décadas, pero, fundamentalmente, entre 1992 y 1995, respectivamente, los guardias armados se han valido de estas pautas atrofiadas como armas arrojadizas, consumando atrocidades sexuales como estrategia de menosprecio a comunidades completas, hasta aminorar la capacidad de aguante frente a los avances militares. 

Junto a este fanatismo puro y duro de los grupos armados muyahidín, cada uno de los bandos han monopolizado la condición de mujer como instrumento político para reivindicar la legitimidad o la popularidad de cara a otras huestes. 

Para ello, enaltecen a rango político los impedimentos culturales reales y afines a comentarios de la tradición y religión. Además, al implorar la religión y la cultura afgana, los grupos armados insisten y arbitran la conducta más apropiada de las mujeres, condicionando su libertad de circulación, el derecho de acceso al trabajo o la educación en los territorios que controlan.

Por ende, a las mujeres se les acorrala, amedranta y golpea habitualmente, simplemente, por realizar cualquier actividad contemplada por los guardias armados como ‘no islámicas’. El círculo más remiso y juicioso para generar estas prohibiciones corresponde a los talibanes, un grupo político armado que fiscaliza las ciudades y localidades de Afganistán, incluyendo su capital, Kabul.

En este contexto desconcertante, las mujeres establecidas en las franjas urbanas se sienten perjudicadas de manera más inmediata, dado que los aires liberales reinantes han hecho acrecentar sus perspectivas en el campo del trabajo y la educación. 

Con todo, en los términos rurales donde la vida en sí estaba reducida por la inercia y la indolencia de hábitos sumamente autoritarios, los efectos de las restricciones se han sentido menos. Toda vez, que para las más cultivadas que ejercitaban tareas profesionales, el quebranto de las libertades conquistadas tiempos atrás, resultan difíciles de soportar.

Fijémonos detenidamente en las fuentes facilitadas por la ‘Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán’, por sus siglas, ‘RAWA’, opuesta a los regímenes socialista, muyahidín y talibán que alternativamente han dirigido el país, ofreciéndose bastante crítica con la ocupación norteamericana y enfrentándose a las fórmulas de fundamentalismo religioso y a su no alineación con la gestión acomodada en Kabul.

‘RAWA’, en su aspiración por dar transparencia a cuantos excesos y temeridades se incurren con las mujeres, intenta aclarar sucintamente las denegaciones asociadas a tabús e inhabilitaciones que conjeturan indiscutibles quebrantamientos a sus derechos e integridad, extrayendo una panorámica del proceder diabólico a la que están expuestas. Si acaso, los talibanes afirman literalmente, que con sus preceptos ambicionan “crear ambientes seguros, donde la castidad y dignidad de las mujeres sean por fin sacrosantas, tal y cómo recogen las creencias pashtunes sobre la vida en ‘purdah’, o practica para ocultar la vida femenina en público”

Aunque los veintinueve apartados que seguidamente citaré con sus peros y contras puedan dar la impresión de remontarse a un pasado tildado de toda lógica, cuantas acotaciones y agravios se reseñan en los mismos, aun alcanzando su protagonismo culminante en Afganistán, entre los años 1996 y 2001, hoy continúan vigentes a la sombra de la complicidad de quienes así lo estiman.

Primero, los desempeños femeninos quedan terminantemente frustrados si éstos se ejecutan al margen del hogar. Únicamente, algunas asistentas sanitarias y doctoras se les consiente ejercer en ciertos hospitales de Kabul para asistir a mujeres y niñas; segundo, a las mujeres se les niega ausentarse del domicilio para efectuar cualquier operación, siempre que no estén ayudadas de su mahram, hombre de parentesco próximo, como padre, hermano o esposo.

Tercero, las mujeres no pueden finalizar acuerdos con negociantes masculinos; cuarto, al no ser atendidas por facultativos varones, la asistencia hospitalaria es escasa; si a ello se le añade la cifra minúscula de titulares médicas y ayudantes, la mayoría no accede a una atención razonable. 

Quinto, el aprendizaje queda coartado al no entreverse opciones materiales de concurrir a las aulas, institutos o universidades u otros organismo educativos; sexto, las mujeres no pueden enseñar su cuerpo a la vista de los demás, por lo que se le requiere el uso de un velo largo que le oculte el semblante y el atuendo obligado es el burka.

Séptimo, las mujeres que no se atavíen acorde a las instrucciones implantadas por los talibanes o que no sean apoyadas de su mahram, se les someterá a flagelos, palizas e improperios; octavo, asimismo, las que luzcan mínimamente sus tobillos se les castigará con golpes. Noveno, las mujeres acusadas de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio serán apedreadas; décimo, se suprime la utilización de productos cosméticos. Adviértase, que entre 1996 y 2001, se reportaron episodios de mutilación de dedos a mujeres detenidas por pintarse las uñas. 

Undécimo, las mujeres tienen impedido conversar o dar la mano a varones que no sean su mahram; duodécimo, ningún desconocido ha de escuchar la voz de una mujer, por lo que éstas no han de bromear con la gente.

Decimotercero, también se impide el calzado provisto de tacón, porque origina sonido al andar y un varón no ha de oír los pasos de una mujer; decimocuarto, al igual que no han de subirse a un taxi sin el acompañamiento de su mahram.

Decimoquinto, están prescindidas la aparición en los medios radiofónicos, la televisión o en tertulias de cualquier naturaleza; decimosexto, se les niega el deporte, así como valerse de él para prepararse físicamente, ni entrar en un centro deportivo.

Decimoséptimo, en idéntica sintonía montar en bicicleta o en motocicleta; decimoctavo, las féminas están dispensas de usar vestidos de tonos atrayentes, ya que los talibanes opinan que son “colores sexualmente atractivos”.

Decimonoveno, las mujeres no deben reunirse por causas de conmemoraciones o festividades con miras recreativas; vigésimo, al igual que lavar la ropa en ríos o plazas.

Vigesimoprimero, en el régimen talibán ningún paso, vía o travesía ha de ostentar la expresión, palabra o pronunciación del vocablo “mujer”. Así, en la década de los noventa, el ‘Jardín de las Mujeres’ de Kabul, se denominó ‘Jardín de la Primavera’; vigesimosegundo, no han de ser contempladas o acechadas, de ahí la negativa de asomarse a las ventanas o balcones de sus domicilios.

Vigesimotercero, para precaver que algún ajeno distinga a una mujer en su intimidad, es indispensable que las cristaleras sean opacas; vigesimocuarto, los modistas o costureros no confeccionan vestuarios femeninos, ni les toma medidas.

Vigesimoquinto, los baños públicos están desaprobados; vigesimosexto, se evidencian signos de segregación en los autobuses, constando transporte para hombres y otros exclusivamente para mujeres.

Vigesimoséptimo, se excluyen los pantalones acampanados o de pata de elefante, incluso cuando éstos permanecen tapados por el burka; vigesimoctavo, no está consentida la captación de imágenes fotográficas o la filmación a mujeres. 

Y, por último, vigesimonoveno, vuelvo a recurrir al adjetivo ‘prohibido’, valga la redundancia, no editándose retratos, láminas y grabados de mujeres ilustradas en libros y revistas y cualquier cuadro o estampa en tiendas y casas.

A todo ello, han de sumarse otras barreras infranqueables que perjudican tanto a hombres como a mujeres y en los que se delimitan los derechos y las libertades elementales. De esta forma, supeditadas y tiranizadas a la maraña talibán, se les rehúsa escuchar música, ver películas o la televisión.

En la misma tesitura intolerante, se hace ineludible que las personas con nombre no islámico, lo sustituyan por otro acorde a las normas prescritas.

Paralelamente, a la juventud se le exige rasurarse el cabello y los varones han de portar vestimenta islámica y gorra. En cuanto a los adultos, el afeitado o recortado de la barba no se efectúa hasta que crezca un puño por debajo del mentón.

Recuérdese al respecto, que, sin previa advertencia, los triunfos alcanzados con tantísimo ahínco, podrían ser desvalijados. Las agrias resonancias de los talibanes les estrechan a diario. Estas pretensiones se eternizan para muchas mujeres y niñas que conviven en demarcaciones intervenidas y donde la libertad está acordonada rigurosamente.

Tal vez, se desvanecerán los avances y desaparecerá cualquier atisbo de continuar prosperando. Para rebasar unos mínimos comunes, según UNICEF, unos 2,2 millones de niñas sin escolarizar, al menos deberían frecuentar la escuela. O la eliminación de la intemperancia propagada en los matrimonios forzados, que alimentan la exclusión y la desprotección de miles de personas. 

Ante esta tragedia no es sencillo dialogar con rigor a posibles soluciones, como no es factible, las de quienes residen en sociedades más seguras y garantistas con los derechos de las mujeres en su fragor, escribir un artículo de cordura y sensatez como este. Así, es imperioso mantener encendida la llama del riesgo por el que divagan las mujeres y niñas afganas. Porque, lo que allí se dirime, es nada más y nada menos, que ser separadas de su dignidad y resignadas al sometimiento y esclavitud.

Apremia que la Unión Europea, Naciones Unidas, agencias donantes y me atrevería a incluir al Gobierno de España, acometan iniciativas imprescindibles y perentorias en los grados más convenientes, al objeto de detener la hemorragia inhumana que no cesa. Evidentemente, en esos procedimientos los representantes mundiales han de dar oídos a las mujeres y no desatender su socorro.

En consecuencia, en réplica a las críticas vertidas por las prácticas abominables e improcedentes aquí puntualizadas por motivos de género, los talibanes, en repetidas ocasiones han declarado que su política se atiene a la Ley Islámica y no puede ser polemizada, cuando a todas luces, las mujeres son peones en las luchas de poder de los hombres. 

Sin embargo, esta tesis es incoherente consigo misma, porque como han punteado numerosos especialistas acreditados, el Islam no es un código uniforme, homogéneo e invariable, sino que esencialmente descansa de las disquisiciones humanas que vienen denodadas por las multiplicidades y riquezas culturales y étnicas, así como la composición histórica y política. 

Por lo tanto, el razonamiento que manejan las personas o autoridades están abiertas a adopciones: en el universo islámico existen varias modalidades refrendadas y de gobiernos desiguales. Como ciudadanos, organizaciones y estados musulmanes que debaten la versión talibán del Islam, al reconocer que se irradia un aspecto desnaturalizado y deformado de la religión.

Además, mientras los talibanes defienden que el sistema internacional de DH y los valores islámicos no son confrontables, a veces, han admitido una apuesta universalista si ciertamente encajan con sus fines políticos. 

Ya, nadie duda, que los grupos armados ponen en juego las circunstancias disonantes de la mujer afgana como herramienta política, en su pleito particular por afianzar y mantenerse en lo más alto de la palestra, imponiendo excepciones en nombre de la religión y la cultura como táctica para robustecer su posicionamiento y severidad. 

En definitiva, la victoria talibana en Afganistán, retorna a la crónica de un terror anunciado y a una era infausta para la sobrevivencia de las mujeres y niñas, al virar en redondo un extenso elenco de discriminaciones que les perturban a vivir encadenadas a un régimen de brutalidad extrema, y donde los hombres trenzan a su libre albedrío las narrativas patriarcales de las leyes religiosas.

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