“La resistencia del Pueblo llano frente a la tiranía del invasor” (I)

A lo largo y ancho del siglo XIX, la Guerra de la Independencia Española se convirtió en la punta de lanza de la Historiografía Nacional, a partir de la cual, se esparció una exégesis cuya razón de ser se fundamentó en la resistencia de una población en armas frente al agresor.

Ni que decir tiene, que lo que se dirime es un Pueblo que toma conciencia de su protagonismo como Nación; no considerado en términos de clase social concreta, sino de un colectivo que despliega sus pericias de resistencia ante la incursión francesa. El aglutinante de estas personas es la irrupción foránea que se erige en un acometimiento popular y por tanto, de liberación de cara al expansionismo napoleónico. Igualmente, se evidencia una aceptación entre los historiadores de la contemporaneidad, a la hora de contemplar estos hechos como una causa turbulenta que inhabilitó o pretendió inhabilitar, el ‘Antiguo Régimen’ e iluminar otro modelo de sociedad satisfecha en los valores y principios del liberalismo.

Con lo cual, no es de sorprender, que un miembro tan acreditado entre las élites de las fuerzas políticas liberales de la época, como D. José María Queipo de Llano y Ruíz de Sarabia (1786-1843), dejase forjado un enfoque paradigmático de la guerra, exponiendo que ésta había originado una fractura política e institucional de gran envergadura y con su exponente en la ‘Constitución Política de la Monarquía Española’, más conocida como ‘Constitución Española de 1812’ o ‘Constitución de Cádiz’. Si bien, todo se reavivaría en Madrid, una urbe que según la ‘Demostración General’ de la población perfilada en 1804, aparejaba 176.374 habitantes.

Posiblemente, la suma tienda a la escasez teniendo en cuenta las limitaciones de la estadística del momento; pero, de cualquier manera, se distingue una metrópoli de dimensiones imperceptibles, donde la amplia mayoría de los individuos están al corriente los unos de los otros, o disponen de reseñas entre las vecindades. Es decir, un núcleo poblacional con vínculos personales y de cercanía preponderantes; sobre todo, en lo que atañe a otros centros occidentales como podría ser Londres o París.

Obviamente, en una capital de estas peculiaridades sus residentes saben de buenas tintas el espacio urbano y los múltiples recovecos que agrupa. Casi puede afirmarse, que es creíble hacer una estimación estratégica del espacio en el que se habita y comparte.

Toda vez, que llama poderosamente la atención que aún con la inexistencia de medios y mecanismos de información, estas gentes estuviesen informadas al milímetro, por la concurrencia de sectores especializados en la propagación de comunicados, llamémosle trascendentes.

Bastaría con indicar esferas tan emblemáticas como la ‘Puerta del Sol’, genuino mentidero de la Villa y Corte. Así, en las jornadas inmediatas al ‘Dos de Mayo’, son diversos los referentes que nos reportan a círculos masivos de asistentes en el lugar antes mencionado, o el ‘Prado’, aguardando confidencias de primerísima mano que retornan desde Francia.

No obstante, el que imperasen abundantes pesquisas no significa que éstas fuesen irrebatibles, porque la averiguación puntual, el chisme o la habladuría se entremezclan para proyectar argumentaciones que en el imaginario suscitan situaciones, invenciones e interpretaciones subjetivas. En síntesis, nos hallamos ante un emporio que por su disposición espacial, se mueve fácilmente y hace impetuosa las réplicas. Muy al contrario, ocurre con los franceses recién venidos, que no gozan del control geográfico del territorio.

Y es que, en 1808, Madrid no era un foco mesocrático, su entramado poblacional estaba afectado por idénticas sintomatologías de bipolaridad social que padecía el muestrario español: primero, las clases más altas, como nobles, administrativos o burgueses; y segundo, el pueblo llano resuelto como la clase humilde constituida por una combinación de artesanos, sirvientes, minoristas, asalariados, clérigos e indigentes.

He aquí, a los protagonistas del ‘Dos de Mayo’.

Los acontecimientos del ‘Dos de Mayo de 1808’ comportan el preámbulo convencional de la Guerra de la Independencia (2-VI-1808/17-IV-1814), que en términos militares se alargaría con la indolencia francesa en Cataluña. Esta eventualidad muestra el plan de resistencia a la aspiración napoleónica de invasión de la zona.

Conjuntamente, convergen dos variables identificativas que se retroalimentan recíprocamente: primero, un entorno exterior subyugado por las intenciones siniestras de Napoleón I Bonaparte (1769-1821), en el que a todas luces España es una pieza clave; y segundo, el trance político e institucional interno y en una vertiente más enraizada, la que corresponde al ‘Antiguo Régimen’.

En esta coyuntura, el Emperador mira a España con un doble rasero y si acaso, rodeado de hermetismo. Lo cierto es, que en un corto intervalo el escenario territorial de la Península Ibérica le es esencial en su estratagema contra Inglaterra. Pero, tanto a medio como a largo plazo, el primer Cónsul de la República Francesa se considera absolutamente triunfador y reconoce a España como la envolvente de una fórmula para el devenir del Viejo Continente.

Con respecto a España, Napoleón I Bonaparte se vale de las relaciones seculares que, salvo la interrupción de la etapa republicana de 1793-1795, se conserva durante decenios tomando como base los ‘Pactos de Familia Borbónicos’, con tres acuerdos en distintas fechas del siglo XVIII entre las Monarquías del ‘Reino de España’ y el ‘Reino de Francia’ contra el ‘Reino de Gran Bretaña’.

Sin embargo, los roces se ven condimentados de susceptibilidad y conjeturas, sobre todo, a partir de 1806, lapso en que Napoleón I Bonaparte enfrascado en la ‘Batalla de Jena’ (14/X/1806), se asombra de los deseos realizables de D. Manuel Godoy y Álvarez de Faria (1767-1851) en caso de una calamidad bélica.

A tenor de lo referido, era la oportunidad culminante de Godoy en la Corte Española, pero asimismo, el realce de las intransigencias habidas a su política reformista entre los más destacados afines a las estructuras del ‘Antiguo Régimen’, y por ende, de la celeridad en una mutación que alcanzaría su énfasis entre marzo y abril de 1808.

Recuérdese, que las Instituciones Españolas del ‘Antiguo Régimen’ fueron la superestructura con algunas novedades, pero sobre todo, la acomodación y el desenvolvimiento de organismos y frustraciones políticas, sociales y económicas preexistentes en los Reinos Cristianos de la Península en la Baja Edad Media, que dominó el curso que encaja con la Edad Moderna: desde SS.MM. los Reyes Católicos hasta la Revolución Liberal del último tercio del siglo XV al primero del siglo XVIII, determinado por las propiedades del sistema de Gobierno en Europa Occidental.

O lo que es lo mismo, una monarquía poderosa, absorbente y una sociedad estamental con una economía en conversión del feudalismo al capitalismo.

En esta tesitura, Napoleón I Bonaparte precisa de España para engranar de manera directa sus políticas de blindaje antibritánica, y secundariamente, como el camino a seguir para acceder a Portugal. Ante esto, apuesta por manipular los hilos de conspiración interna, con el pensamiento de acoplar la porción peninsular y obtener el botín del aislamiento británico.

Ya, con las espaldas cubiertas y la complicidad de Rusia tras los ‘Tratados de Tilsit’ o ‘Paz de Tilsit’, dos acuerdos firmados que ponían fin a la Cuarta Coalición y la participación de Rusia y Prusia en la guerra, el Emperador con la cooperación española se concentra en Portugal.

Como es sabido, comienza a internar sus Tropas en España unos días previos al 27/X/1807 con la rúbrica del ‘Tratado de Fontainebleau’, por los representantes plenipotenciarios de Francia, Napoleón I Bonaparte y Godoy, valido del Rey de España Carlos IV de Borbón (1748-1819). Estipulándose la segmentación de Portugal en tres partes. En sí, los tres principados quedan al amparo del monarca español. Era una suposición de reunificación peninsular bien recibida y admitida en la Corte de Madrid, como también, otra de las artimañas en el reacomodo del plano europeo calculado escrupulosamente por Napoleón I Bonaparte.

Al mismo tiempo, era una espada de doble filo y la escapatoria incondicional de una idea maquiavélica de enorme calado: la ocupación militar de España, porque el pacto habilitaba, para ser más preciso, sancionaba, un contexto ya solventado: la libre entrada y emplazamiento de las Tropas Francesas en tierras españolas como avance infundado en dirección a Portugal.

Contra todo pronóstico, el contingente francés conducido por el General D. Jean-Andoche Junot (1771-1813) accedía a Lisboa y el príncipe regente D. Juan de Braganza (1767-1826) huía a Brasil. Con la apropiación de Portugal consolidada, las milicias napoleónicas siguieron entrando y afianzándose en posiciones indispensables y colindantes a la frontera francesa.

Posteriormente, se desatan tiranteces políticas entre las minorías de Palacio, que gradualmente alcanzan cotas insospechadas hasta llevar aparejada la crisis de 1807, con la ‘conjura de El Escorial’ y el ‘Motín de Aranjuez’ (17-19/III/1808) de contenidos institucionales, en el que los fernandistas logran la renuncia de Carlos IV y la designación de Fernando (1784-1833), como Su Católica Majestad D. Fernando VII. Lógicamente, este engranaje es más genérico, comprimiendo el conflicto del ‘Antiguo Régimen’ y la trayectoria que desde Godoy contrajo la Monarquía Borbónica de Carlos IV.

Desde este instante se activan las alarmas con las discusiones y los antagonismos y definitivamente, el complot que define la tentativa de reacomodo en el status superior más tradicional y los posicionamientos en la Corte que tenían reducidas sus facultades, poderes y prerrogativas, por la intervención que desplegaba Godoy y un séquito de servidores del Estado.

Era incuestionable que estamentos como la nobleza, clérigos y servidores se sintieran arrinconados por el corrillo de Godoy muy cercano a los Reyes. Y como no podía ser de otro modo, persiguen el sostén del Príncipe de Asturias D. Fernando, como alternativa a Carlos IV y, sobre todo, a Godoy, con reivindicaciones al trono. Ostensiblemente se pone todo el empeño potencial con la intriga, explotando y espoleando la disconformidad del valido. No hay que soslayar, que subyacen las desconfianzas que incluyen al gremio social y los inconvenientes de la política reformista para sofocar los rescoldos del ‘Antiguo Régimen’.

En otras palabras: Primero, una política renovadora con realidades confusas avivan zozobras y pugnas de poder entre los cortesanos; segundo, la praxis religiosa llega más lejos del regalismo con teorías y prácticas sustentadoras del derecho privativo de los soberanos y la controversia de la Inquisición; tercero, el dilema financiero de la Monarquía que agranda su déficit tras la batalla con Gran Bretaña, apremiando a una reordenación impositiva de privilegios; cuarto, la decadencia del comercio con las regiones americanas en el ambiente de la política de alianzas; quinto, el desequilibrio de subsistencias que desde 1804 sacudió a las capas populares.

Y sexto, la pérdida de peso específico en la toma de decisiones de entidades como los Consejos, sobre todo el de Castilla y de parcelas de la Grandeza de España, que no son reemplazadas por una mayor flexibilidad de la maquinaria del Estado, pero sí, por el centralismo de influencias en el pragmatismo de Godoy, que no era de procedencia noble para resentimiento de muchos.

En este marco fluctuante, Godoy es el interlocutor dominante y acreedor en la identidad de las circunstancias con antecedentes de la misma trama y de cuantos aspavientos de un conflicto global.

De ahí, que se valore la Guerra de la Independencia como el pretexto que acelera el compás de espera en la marcha del ‘Antiguo Régimen’, desenmascarado con la ineficacia en su actuación cuando se da por iniciada la contienda.

En las dos caras de una moneda, en su anverso, la confabulación de ‘El Escorial’ que tantea acomodar a D. Fernando en el trono, da pie a la instrucción de un artificio que culmina con la clemencia del monarca para su hijo y el indulto judicial; pero, con el castigo gubernativo de los involucrados que tenía como cabecillas a D. Juan Escóiquiz Morata (1762-1820), al Duque de San Carlos, D. José Miguel de Carvajal Vargas y Manrique (1771-1828) y al Duque del Infantado, D. Pedro de Alcántara Álvarez de Toledo y Salm-Salm (1768-1841).

O séase, un preceptor y canónigo y dos personajes ilustres.

El primero, era el clérigo del Príncipe y asesor relevante en sus determinaciones. Precisamente, Escóiquiz, es el que le ofrece a Napoleón I Bonaparte una salida diplomática con el Infante. Sin embargo, opta por la instrumentalización de Godoy y el método de la fuerza.

En paralelo, se hallan los Duques de San Carlos y del Infantado que están ligados en el trazado del absolutismo de D. Fernando como Rey.

Y en el reverso, la intentona se dispone en el ‘Motín de Aranjuez’ condimentado con una premeditación pública. La raíz, los empeños y sus ejecutantes iban a ser los mismos, a los que se incorpora la indignación y el despecho de la muchedumbre por el dinamismo e injerencia de las Tropas Francesas, que traslucen la estrategia solapada de posicionarse en España.

En la retaguardia del ‘Motín de Aranjuez’ se ubica el grupo de D. Fernando y oficiales del Ejército. Pero, la primicia recae en otro actor que irrumpe en escena: el ‘Pueblo Soberano’ cuya insatisfacción es encaminada e instrumentalizada contra Godoy. Y en esta encrucijada, el resultado es indiscutible: aparte de la destitución del valido, el día 19 de marzo Carlos IV abdica a la Corona en favor del príncipe D. Fernando.

No por ello la tormenta política y dinástica se amortigua. La respuesta fernandina radica en el desalojo del acompañamiento de Godoy y el aislamiento del cualquier inestabilidad reformadora, como la prohibición de la política desamortizadora.

Con estos mimbres internos que no son pocos, Napoleón I Bonaparte continúa operando en total hermetismo. Ya, el 23 de marzo de 1808, se adentra en Madrid D. Joaquín Murat (1767-1815), lugarteniente al servicio del Emperador.

En escasas jornadas 36.000 franceses se diseminan por la Villa y sus inmediaciones, dotando al Cuerpo de ‘Observación de las Costas del Océano’. A su vez, se ramifica en tres Divisiones de Infantería, una de Caballería y varias Compañías de Artillería acantonadas en el ‘Pardo’, el ‘Convento de San Bernardino’, la ‘Casa de Campo’, los ‘Carabancheles’, la ‘Huerta de Leganitos’ y en ‘Fuencarral’.

Prácticamente, las Fuerzas Francesas cercan la Ciudad.

El segundo Contingente lo constituye la ‘Guardia Imperial’ distribuyéndose entre ‘El Retiro’, el ‘Convento de San Bernardino’ y diversos cuarteles de Madrid. Murat instala su Plana Mayor en el ‘Palacio del Marqués de Grimaldi’.

Paulatinamente, se percibe que la ‘Guardia Imperial’ está alerta ante una infundada intromisión con episodios turbulentos.

En el planeamiento fijado por la primera autoridad de Francia, el armazón militar parece estar finiquitado, no así ocurre con el andamiaje político, al no estar todavía ultimado y cuyo fin induce al cambio de Dinastía.

De hecho, el temperamento de las camarillas de Godoy y D. Fernando convierten a Napoleón I Bonaparte en el interventor de una situación que ahora está presto a rentabilizar. Primero, lo implementa con la astucia política de las alianzas y la táctica individual en Portugal. Y segundo, indagando el reconocimiento de su escalada monárquica. Sin inmiscuir, valga la redundancia, que Murat al entorpecer este reconocimiento, espolea lo que estaría por venir.

Al igual que el Emperador no desea a la Familia Real en América, sino más bien, en Bayona, donde ambiciona habilitar su ideal como andanza conclusiva al desenlace dinástico. Mientras, los varones de D. Fernando VII, entre ellos, Escóiquiz, le sugieren ir al encuentro de Napoleón I Bonaparte para ganarse su respaldo. Tras las repetidas reuniones malogradas de Vitoria y Burgos, el 20 de abril llega a Bayona.

Entre tanto, Godoy, que igualmente necesita el apoyo del Emperador, se presenta en Bayona el 26 de abril; Carlos IV comparece el día 30 y el resto de la Familia Real sale de Madrid el ‘Dos de Mayo’. En los diez primeros días surgen las renuncias con incidentes degradantes entre la Familia Real Española ante los ojos de Napoleón I Bonaparte. La Corona, como símbolo de legitimidad, velozmente merodea por varias manos: Fernando VII retrotrae a Carlos IV, éste desiste en favor del Emperador, quién, análogamente, nombra a su hermano Luis Bonaparte (1778-1846) como Rey, y a posteriori, no acoge el ofrecimiento.

Finalmente, quedando en pausa la primera parte de este pasaje, la Corona recae en el primogénito de los Bonaparte, José, que tras numerosos titubeos, decide acogerla. Desde el 6 de junio de 1808, D. José I Bonaparte (1768-1844) reina cinco años con escasa efectividad por la ‘Guerra de la Independencia Española’ y un programa afanoso reformista; pero antes, habría de colarse el fulgor del ‘Dos de Mayo’, lo que pudo encarnar el memorable y glorioso alzamiento contra esta tiranía, quedó en una infructuosa rebeldía.

En consecuencia, el anhelo del Pueblo se incrustó de lleno avivando el sentido de pertenencia, como el soplo reconstituyente de la quiebra liberal y la génesis de la España Contemporánea, siendo el emblema de la lucha por la salvaguardia del territorio, la soberanía nacional, la libertad contra la opresión y la voz de unidad de la Nación, mediante la búsqueda de un consenso retrospectivo en torno a unos héroes honrados, que dejaron un rastro de sangre imborrable en los anales de la Historia.

Publicado en el Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta y el Faro de Melilla el día 1/VI/2021.

Las fotografías han sido extraídas de National Geographic de fecha 27/V/2021 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

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