Setenta y cinco años después, el veredicto de la Historia no ha quedado indiferente ante uno de los capítulos más cruentos del conflicto global, porque, como tal, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) enrevesada en su quinto año de contienda, tenía al Gran Imperio alemán como dueño y señor del viejo continente e, indudablemente, la ambición de Adolf Hitler (1889-1945) parecía no tener límites. 

En este escenario inefable por la barbarie de los hechos que se concatenaron, el estado galo se encontraba bajo opresión de la Alemania nazi y las Fuerzas Aliadas debían aferrarse a un dictamen que, de una vez por todas, zanjara este laberinto. 

De esta forma, alcanzado el día 6 de junio de 1944, los aliados determinaron invadir Normandía con 4.000 mil barcos y 11.000 aviones. Toda vez, que los germanos mostraron una implacable firmeza a la hora de luchar y las pérdidas de la armada aliada fueron más que significativas. 

Con todo, la pugna se adentraba en un momento crucial, porque, los ochenta kilómetros litorales designados a todos los efectos para descender, así como, asentar la cabeza de puente y, más tarde, desplegar el frente hacia la planicie gala, estaba compuesto fundamentalmente por playas. Si bien, la táctica americana residió en desconcertar al mando alemán sobre la fuerza existente que debía de participar en la maniobra del desembarco, en el lado opuesto, los alemanes estaban faltos de una estrategia, simplificando su eficacia a conceptos puramente tácticos y operativos. 

Partiendo de la base, que las fuerzas del Führer tenían infundadas sospechas que iban a ser asaltadas, sin embargo, desconocían cuándo y dónde se desencadenaría el avance. Por tal motivo, para repeler el probable ataque, hizo levantar una línea de defensa denominada ‘Muro Atlántico’.

La ocupación en sí, de la que es preciso ofrecer algunos datos numerales de los indicadores de primer orden, daría su inicio en la medianoche con un intenso fuego defensivo de los alemanes y una temeraria actuación aérea, dirigida por paracaidistas de las divisiones aerotransportadas 101 y 82 respectivamente, conocidos como ‘Screaming Eagles’.

Con estas premisas, este pasaje nos reubica en la batalla de Normandía, distinguida en clave ‘Operación Neptuno’ como parte de la ‘Operación Overlord’, donde la voluntad aliada se aglutinó en hacer desembarcar a un ejército todopoderoso que, llamado a liberar Francia, debía de alcanzar el núcleo duro del Tercer Reich y de esta forma, variar el signo del combate y, probablemente, como así sucedió, el devenir de Europa.

Una acción militar sin precedentes, que implicó al grueso de los ejércitos estadounidenses e imperial británico, ayudados por tropas auxiliares francesas, polacas y de otros países, para abordar las playas de Normandía por medio de incursiones anfibias.

Pese, a que no se obtuvieron los objetivos vaticinados y se conquistara muchísimo menos superficie de la planificada, al menos, se consiguió alojar consistentes cabezas de playa, para que en las jornadas sucesivas pudiesen descender 250.000 hombres y 50.000 vehículos. 

Hilvanándose con destreza y siguiendo los criterios del pensamiento estratégico estadounidense, establecido en sostener la ofensiva con 5 divisiones, más de 7.000 buques y embarcaciones y 195.000 efectivos de equipos navales pertenecientes a ocho naciones. 

Pero, si los arenales de Gold, Sword, Omaha, Utah y Juno se convirtieron en el drama de una feroz irrupción para menguar la hegemonía alemana, el paso del tiempo lo ha ilustrado como un suceso que conjeturó un duro varapalo a las potencias del Eje. Aquilatando una de las páginas más dolorosas de la guerra del siglo XX. 

Los 160.000 hombres que aquel 6 de junio atravesaron el Canal de la Mancha de Inglaterra a Francia, iban a ser los primeros de los más de tres millones, que a finales de agosto conseguirían tocar tierra franca. 

En ese mismo mes, las fuerzas combinadas impulsaron una acometida al sur, conocida como ‘Operación Dragoon’ y el día 25 consiguieron liberar París, desalojando a los nazis del noroeste entre Tolón y Cannes. Ya, en las postrimerías del mismo periodo, las tropas alemanas se vieron forzadas a alejarse por el valle del río Sena. Acto seguido, los aliados progresaron hacia Alemania y se unieron a las fuerzas soviéticas, que, análogamente, se aproximaban por el flanco este.

Por tanto, nos atinamos ante una intervención materializada con un gran contingente, espías secretos, observadores, comandos de élite, etc., considerándose por expertos, historiadores y analistas, como el mayor asalto marítimo en la historia militar, que marcó el desenlace definitivo del Tercer Reich.

Tal era la dimensión de lo que ciertamente allí estaba aconteciendo, que se estableció un nivel de seguridad que superaba el top secret, el llamado ‘bigot’. Bajo este vocablo, se fijaron las maniobras y posiciones donde residían los soldados, o los procedimientos de partida de los mismos y cualquier otro tipo de referencias, que obtendría como resultado el triunfo manifiesto de los aliados. 

Para desconcierto de los germanos, las fuerzas conjuntas no se lanzaron por el puerto de Calais, a unos 250 kilómetros del proyectado desembarco real, sino por Normandía, que mostraba otros intereses estratégicos. De ahí, la labor decisiva de la información transversal, manejada diestramente por parte de Estados Unidos y sus socios.

Todo estaba dispuesto para ser movilizado el día 5 de junio, pero, el tiempo adverso forzó a demorarlo y, únicamente, hasta que no se pronosticó que se restablecería las condiciones meteorológicas propicias, en seguida se dispuso a concretarse. 

De hecho, el instante de activación no estuvo designado al azar ya que, según se editó en la revista mensual estadounidense ‘Sky & Telescope’, los aliados precisaban de un cambio del nivel del mar, en este caso marea baja, lo que en esta franja solo sucede con el novilunio o plenilunio lunar. Deduciéndose, que solamente disponían a corto plazo de los días 5, 6 y 7 para consolidar el envite.

Gracias a la superioridad aérea anglo-norteamericana, se hizo patente la consecución de los objetivos. La aviación aliada pulverizó la inmensa mayoría de los puentes sobre el Sena y el Loira, imposibilitando que los germanos pudieran mandar algún refuerzo a Normandía. 

A ello, se sumó el escollo en cubrir todo un litoral de cuatro mil ochocientos kilómetros de longitud, entre los límites de España y Holanda; además, de los incesantes desacuerdos y objeciones en el mando militar alemán, sobre dónde iba a producirse el hipotético desembarco y cómo se conseguiría neutralizarlo.

Situémonos, pues, en la narración que traza la cresta del punto culminante de este episodio, porque, los virulentos duelos cuerpo a cuerpo y fuego cruzado que aquí se describen, fueron el máximo común divisor de una prolongada, compleja y abrupta empresa de organización con una suma de equipos, municiones, armamentos, suministros y víveres jamás contemplados y una aspiración común: derribar a la Alemania nazi. 

Y, es que, el resultado no podía ser otro que un plan maquinado atrevidamente por el bloque aliado, encabezado por Estados Unidos y Reino Unido que tenían conjugado, desconcertar a las tropas de Hitler con un ejército inadvertido e imprevisto que tomara las playas de Normandía. 

No quedaba duda, el sendero para el rescate de la Europa convicta por Alemania, ahora estaba contorneado, porque el canciller imperial, empecinado y acérrimo en la intuición que el desembarco era más bien, una artimaña y que la jugada principal se ocasionaría en Calais, decidió rehacerse con todas las fuerzas útiles, en lugar de verificar un repliegue organizado de cara a apuntalar el frente.

Llegado el ‘Día D’, término empleado para exponer la iniciación de la ‘Operación Overlord’, eran las cuatro de la madrugada del día 6 de junio, cuando 1450 soldados cuya mayoría no superaba los veinte años de edad, empezaron a rellenar las lanchas que pronto alcanzarían la orilla. 

Los más serenos pedían desde la borda de las embarcaciones, buena suerte a sus camaradas, porque, en definitiva, serían los primeros en marcar y dejar el rastro en la arena de Normandía. Seguidamente, tras ascender a las barcas y entre sacudidas y recados de anhelos, les aguardaba el enjambre del sacrificio, disponiéndose a superar los veintitrés kilómetros del Canal de la Mancha, en dirección a la playa de Omaha.

Ahora, ya no existía escapatoria ni marcha atrás, estaba claro que había comenzado el Desembarco de Normandía. Tensión y náuseas durante una espera interminable hasta tocar tierra, en unas aguas enfurecidas que evidenciaban la notable incertidumbre y la desazón de no hundirse antes de ganar la orilla. 

Una travesía infernal en la que irremediablemente el estruendo de los proyectiles y bombas se hacían notar y que por doquier descendían del cielo, fusionándose el aturdimiento e indisposición con las olas enfurecidas e impetuosas que sobrepasaban los 1,80 metros de altura.

La fecha, hora y lugar del abordaje ni tan siquiera lo sabían quiénes ahora intervenían, conservándose en el más mínimo secreto para asegurar el logro del ejercicio. Teniendo en cuenta, que antes de lo que ya iba de camino, se habían descargado sobre Francia sesenta y seis mil toneladas de bombas.

Los antecedentes que contrastan fehacientemente lo que allí estaba resultando, hablan por sí solos: El día 6 se tiraron en paracaídas 17.000 soldados americanos y 4.255 británicos. Esa misma jornada arribaron de cara a las costas 23 cruceros, 6 acorazados, 122 destructores y 360 torpedos y otros 10.500 vehículos. Arrojándose, según las fuentes documentales examinadas, la escalofriante cifra de 80.000 toneladas de bombas.

A ello, tristemente queda por incluir, que, en las cuatro primeras horas desde el comienzo de la acción, en la playa de Omaha ya habían perecido 3.000 mil hombres. Una cifra que parece risueña, dado que al llegar la caída de la tarde habían perdido la vida, algo así como, 50.000 soldados alemanes y 40.000 aliados. 

Evidentemente, era un balance estremecedor.

Es más, entre la horquilla del 6 de junio al 29 de agosto, perecieron en Normandía, nada más y nada menos, que 637.000 soldados; de ellos, 400.000 eran alemanes y 237.000 pertenecían al bando aliado. 

Más que cualquier otro combate de la historia, el ‘Día D’ encarna la vehemencia de Estados Unidos en el campo de batalla, justificando que no había otra elección que dejarse la vida por lo que se consideraba que era inexorable.  

De hecho, para los americanos es la guerra más elocuente del periodo que se circunscribe, porque cada rama de las fuerzas armadas luchó con atrevimiento durante la invasión: la Armada en entornos hostiles trasladó a las tropas; la fuerza aérea ganó el dominio de los cielos y sesenta navíos de la guardia costera proporcionaron una importante ayuda en materia de búsqueda y recuperación. 

Consecuentemente, se tuvo muy en cuenta que la ofensiva tenía que cristalizarse de forma diseminada, con el propósito de no ofrecer la más mínima pista en la disposición de las incursiones, donde decisivamente se aspiraba a orquestar el ataque. 

Sin otra cuestión, que la conjunción de un trazado minucioso, como el arrojo de los soldados y en algunas situaciones, algo de suerte, las tropas invasoras plantaron una cabeza de playa en la Francia ocupada. Pero, en algunos tramos de las costas, los alemanes aguantaron durante varias horas.

Es necesario esclarecer, que no todas las posiciones que se calcularon irrumpir en la jornada inicial, pasaron a manos aliadas; de hecho, en días sucesivos, cuantitativamente más hombres, dotaciones y materiales vinieron de Inglaterra. Gradualmente, tal como se decantaron los acontecimientos, las tropas nazis comenzaron a retirarse.

De esta manera, el enorme contingente fue llevado por vía marítima desde numerosos puertos británico del sur y el alcance del desembarco, ratificó la aproximación inapelable de las fuerzas aliadas hacia el corazón de Francia, hasta liberarla. 

El diseño perfilado por los aliados no se descompuso, a pesar de convertirse en una pesadilla de organización y cooperación; mientras, miles de barcos acometían a vanguardia el empuje principal con una gigantesca flota pocas veces reunida y tropas aerotransportadas aparecían a retaguardia de la línea enemiga. 

Con lo detallado y como se ha podido valorar, las fuerzas aliadas padecieron bajas sustanciales, sobre todo, como antes se citó, en la playa Omaha, nombre en clave que incluyó uno de los puntos calientes en los que se originó el asalto. 

En principio, el ejército de Hitler contrarrestó los avances aliados, hasta que éstos se abrieron paso y alcanzaron la avanzadilla occidental. En la primavera del año 1945, las fuerzas soviéticas entraron en escena, haciéndolo en Berlín y ese mismo verano, los bombardeos atómicos contra Japón concluyeron con la resistencia de la fachada del Pacífico. 

La guerra, en sí, había acabado y de ella brotaba un nuevo orden mundial y europeo.

En el transcurso de 1945, primeramente, al sudoeste de Rusia y a orillas de la costa septentrional del mar Negro, en Yalta, e inmediatamente, en la ciudad aledaña a Berlín, Potsdam, donde Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido como las potencias vencedoras, convinieron la repartición de Alemania. 

Ahora, a grandes luces, lo que comenzaba a centellear eran las rigideces que caracterizaron las reuniones, como prólogo de la desmembración del tablero mundial en dos bloques bien diferenciados: Por un lado, el módulo capitalista, con Estados Unidos y sus socios europeos como principales piezas; y, el conjunto comunista, con la URSS y los estados del ‘Telón de acero’, haciendo referencia a la frontera política, ideológica y en algunos casos, física, entre la Europa Occidental y la Europa Oriental.

Del bloque capitalista europeo surtiría el estímulo, de manera preferente el carácter económico y posteriormente, el plano político del que derivaría la Comunidad Económica Europea, origen de la reinante Unión Europea que, tras el punto y final de la URSS, acabaría por añadir a varias de las naciones que anteriormente conformaron el equipo comunista.

Como, era de entrever, el continente europeo salía profundamente herido y mermado de este trance, donde desde esta posición, Estados Unidos tomaría el protagonismo como responsable de los valores de la civilización occidental, reemplazando a Gran Bretaña, en su tarea de guardián cosmopolita.

Consiguientemente, se acabaría con el detestable régimen nazi, pero, otra modalidad de distinto calado tan absorbente como el ejecutor del Holocausto, empezó a apoderarse de la Europa Oriental, arraigando en las mentes y corazones la célebre ‘Cortina de Hierro’, que permaneció con síntomas tan incuestionables como la esclavitud y la desdicha de un sinnúmero de personas, hasta que la escasez se consumó en 1989, con la caída del Muro de Berlín. 

Estrenándose la interdependencia, que abogó por el sistema regulatorio económico, social y político entre las diferentes regiones del planeta. 

A partir de aquí, en la última década del siglo pasado, se emprende una etapa de progreso, ya que se funden sólidamente los principios de las libertades políticas y económicas, que, mismamente, promueven un pujante crecimiento mundial y como fruto, la prosperidad generalizada de millones de habitantes que reconquistaron las indiscutibles virtudes de convivir en sistemas representativos, democráticos, republicanos y federales, con economías flexibles e integradas en un espacio globalizado bajo el modelo del multilateralismo.

Finalmente, en el 75º Aniversario del Desembarco de Normandía, la humanidad entera se rinde en inagotables agradecimientos y gratitudes, a cuántos abanderaron la liberación de Europa de la opresión nazi y allanaron las fuentes de este nuevo orden internacional actual, haciendo gala para que esta herencia intangible que hoy atesoramos, nos oriente día y noche en la trayectoria de la libertad, apartándonos de cualquier totalitarismo, sea este del signo que aconteciere.

Un orden europeo que, según los últimos advenimientos que nos aguardan, está en serio riesgo de quedar abocado a una mutación, si a la postre, progresan algunas de las tendencias disgregadoras que en los últimos años se ensalzan en la Unión.

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